INTENSAMENTE BOLÍVAR II por Rafael Marrón González

Otra de las más difundidas confusiones en torno a la infancia  de Bolívar  se  refiere  a  que fue  la  negra  Matea  quien  lo amamantara,  y por esta razón se le han realizado  honores oficiales. Sin embargo no pudo ser Matea su nodriza porque ésta tenía 10 años cuando nació Bolívar; lo que generó la confusión fue  la longevidad impresionante de esta esclava. El 28 de octubre de 1876  cuando los restos de El Libertador son  trasladados  al Panteón  Nacional,  Matea  entró al  recinto  del  brazo  del presidente Guzmán Blanco. Murió el 29 de marzo de 1886, a los 113  años. La esclava que amamantó al futuro  Libertador  fue Hipólita,  que tenía 20 años, pues, había nacido en 1763,   y recién había dado a luz  para ese momento. El 29 de mayo de 1823, Bolívar le escribe a su sobrino Anacleto Clemente enviándole una orden para el arrendador de San Mateo para que le entregara  “a tu madre cien pesos mensuales y a la vieja Hipólita treinta para que se mantenga mientras viva”. Y el 10  de  julio  de 1825,  año  en el que Bolívar se  acuerda  especialmente   de todos  sus familiares y amigos, le escribe a  María  Antonia: “Te  mando  una carta de mi madre Hipólita, para que  le  des todo lo  que ella quiere; para que hagas por  ella  como  si fuera  tu  madre,  su leche ha alimentado mi  vida  y  no  he conocido  otro  padre que ella”. Fue solamente después de  la  batalla  de Carabobo que  Bolívar concedió la libertad a todos sus esclavos.

Por la madre debió ser músico

Por línea materna, los Palacios, de ascendencia alemana, llegaron  a  Venezuela  a mediados del siglo XVII, procedentes del Norte de España,  de Burgos y Santander, y habían  ocupado igual  que los Bolívar destacadas posiciones en  la  colonia, uno de los tíos de doña María de la Concepción fue el célebre sacerdote Pedro Palacios y Sojo, conocido en la historia como el padre Sojo, impulsor de los estudios musicales durante  la segunda  mitad  de  siglo  XVIII.  Por  los  Palacios,   doña Concepción era nieta de  Isabel María Gedler y Rivilla y de José de Palacios y Sojo de Ortiz y de Zárate.  Y por los Blanco, provenientes de Francia y Flandes,  de José María Blanco Infante y Clara de Herrera y Liendo. Y  sus padres fueron Don Feliciano Palacios y Sojo y Gil de  Arratia y  Francisca  Blanco  Infante de  Herrera,  descendiente  del conquistador Francisco Infante. El primer Blanco que llegó a Venezuela  fue Pedro Blanco y Gerrdts, hijo de padres franceses, nacido en Brujas, Bélgica, y casado en  Canarias, arribó en el año 1603.

Bolívar es apellido materno

Es comúnmente desconocido que el apellido  Bolíbar que llega a Venezuela, es materno, no paterno, y que de haber seguido la tradición hispana de usar el apellido paterno en primer lugar, El Libertador de la América Meridional se hubiera llamado Simón Rementería.

Familia de Francisco Fajardo

Según el historiador y diplomático colombiano Daniel Valois Alce, en su obra “Edifiqué en el viento”, María Martínez de Villegas y Ladrón de Guevara, la esposa del antepasado de Bolívar, Luís de Bolívar y Rebolledo, era descendiente de Elena Fajardo, hija del famoso mestizo margariteño, verdadero fundador de Caracas, Francisco Fajardo.

Otros familiares ilustres

Entre  los familiares consanguíneos o políticos  de  Bolívar, merecen  especial mención su sobrino Fernando  Bolívar,  hijo natural reconocido, de su hermano Juan Vicente; José  Félix Ribas,  Pedro Briceño Méndez, Francisco Xavier de  Ustáriz  y Mijares,   José   Laurencio  Silva,  Juan  Félix   Jerez   de Aristeguieta Bolívar, Bernardo Rodríguez del Toro y  Ascanio, Benita  Alaiza Medrano, Francisco José Rodríguez del  Toro  e Ibarra,  IV  marqués  del Toro, y  su  hermano  Fernando  José Rodríguez  del  Toro.  Bolívar y  el  mariscal  Sucre  fueron parientes  lejanos  por  línea  materna  ya  que  entre   los ascendientes  maternos  en  sexta generación  de  Sucre,   se encuentra  Francisca Infante de Rojas, hermana de Francisco Infante el Mozo,  ascendiente materno de El Libertador en  la misma  generación. Ambos eran  hijos del  toledano  Francisco Infante,  llegado a Coro en 1534 con la expedición  de  Jorge Spira y que se unió luego a la expedición de Diego de  Lozada y  participó  en la fundación de Caracas, fue primer  alcalde  de dicha  ciudad y  formó parte de la comisión que dio muerte  a Guaicaipuro  en  el  año 1568; se  casó con  la  margariteña Francisca de Rojas.

Huérfano de padre en la tierna infancia

En enero de 1786, cuando  Simón  tiene dos años y siete meses, muere su padre y Simón crece sin esa importante tutela como un niño común y corriente, que jugaba con los de su edad los juegos infantiles del momento:  el palito mantequillero, el gárgaro malojo, la gallinita ciega, el escondite y se bañaba en las, para ese entonces, límpidas aguas del Guaire; y por las noches, a la luz de las velas, escuchaba las leyendas caraqueñas de aparecidos y del Tirano Aguirre de labios de su mamá o de la negra Matea. Según  la versión  difundida por Arístides Rojas, Doña Concepción  y que lo pone  bajo la tutela del Licenciado Miguel José Sanz,  severo abogado de 34 años a quien faltaba un ojo, ¨y en cuya casa dio rienda  suelta  el  niño Simón a toda  su  rebeldía¨  haciendo exclamar  con  mucha  convicción al Licenciado: “es  un  niño nulo”. Pero  la enemistas comprobada de los Bolívar con el licenciado Sanz, por asuntos legales en los que éste representó la parte contraria,  pone  en duda esta  leyenda,  que  Vicente Lecuna no vacila en negar por la imposibilidad comprobada  de que una madre caraqueña, además con las prerrogativas económicas de Doña Concepción, enviara a su pequeño hijo a vivir donde extraños.

El primer dolor de su vida consciente

El 6 de julio de 1792, cuando Simón cuenta apenas con nueve años, y era  “un chico delgaducho,  nervioso, pecoso,  pelo castaño, ojos oscuros vivos, narizón”,  muere de tuberculosis, a los 34 años, su madre, Doña Concepción, quien fuera hija de Feliciano Palacio y Gil de Arratia y de Francisca Blanco Infante y Herrera (descendiente ésta de Francisco Infante, sexto abuelo paterno de Bolívar y uno de los acompañantes de Diego de Losada en la fundación de Caracas). A los quince años, se casó con Juan Vicente de Bolívar y Ponte, el 1º de diciembre de 1773, de quien enviudó, el 19 de enero de 1786. No existen datos biográficos abundantes de la señora María Concepción, pero del testamento de su esposo puede deducirse una semblanza: “… declaro que cuando contraje matrimonio con la dicha Doña María de la Concepción Palacios y Blanco, en 30 de noviembre (sic) del pasado setenta y tres, trajo ella por sus bienes, dos esclavas nombradas Tomasa y Encarnación, como de diez y seis años de edad, y yo entré con un capital  de doscientos cincuenta y ocho mil quinientos pesos…”. En documento fechado el 15 de enero de 1786 y anexo al testamento, su esposo acota: “…que los gananciales que le tocarán a mi mujer Doña María de la Concepción Palacios y Blanco serán crecidos, y suficientes para pasarlo con la mayor decencia; con todo atendiendo al especial cariño que la he tenido y la buena compañía que me ha hecho, es mi voluntad mejorarla, como la mejoro en el mejor diamante, en el mejor reloj, y en toda la ropa de su uso para memoria de mi gratitud…”. Más adelante, el esposo establece y ella acepta, que será tutora y curadora de sus menores hijos, relevada de fianza alguna, y declaran que este testamento revoca cualesquiera otras disposiciones otorgadas con anterioridad. Cartas de familiares y amigos, así como la tradición, establecen que doña María era una agraciada mujer, educada y muy sociable, que al enviudar a los 28 años quedó en posesión de una considerable fortuna y no obstante ser una mujer en la plenitud de sus 28 años, nunca contrajo segundas nupcias, como era común en esa época. El 10 de septiembre de 1790 escribe a Madrid a su hermano Esteban, desde San Mateo, y textualmente le informa: “…Yo estoy ya buena, me parece que del todo, gracias a Dios…”, estas palabras inducen a pensar contra la opinión general, que la enfermedad de doña María la aquejó en los últimos años de su vida y por lo tanto deben descartarse las suposiciones de una tara familiar que su esposo le transmitió y que condenaba a sus descendientes a morir de tuberculosis. No se conocen retratos de ella, pero sí una referencia entrañable, ya que proviene del mismo Simón Bolívar, en la Elegía del Cuzco, dirigida en 1825 a si tío y padrino Esteban Palacios: “… Cuantos recuerdos se han aglomerado en un instante en mi mente. Mi madre, mi buena madre, tan parecida a usted resucitó de la tumba, se ofreció a mi imagen…”.

Y comienza el difícil peregrinaje de un niño rico y huérfano

El pequeño huérfano, que  es inmensamente rico, pues además de ser   heredero de la cuarta parte de las cuantiosas propiedades de sus padres, tiene fortuna propia, porque su padrino de bautizo, el clérigo doctor Don Juan Félix Xérez de Aristeguieta, le obsequia una renta vitalicia de miles de duros al año, quedó bajo la  tutela de  su  abuelo materno Don Feliciano Palacios.  Al  morir  el abuelo asume la tutoría, por instrucciones del abuelo, su tío Esteban  Palacios quien por radicarse en Madrid la delega  en su  hermano  Carlos, a quien ante semejante fortuna se le aviva la codicia y pelea la tutoría a pesar de detestar al niño, sentimiento que fue certeramente recíproco. La lucha por la tutoría le entabla Carlos Palacios contra  Pablo Clemente Francia,  esposo María Antonia, la hermana mayor de Simón que suplió la imagen maternal y con quien el niño prefiere vivir desobedeciendo la voluntad de su abuelo Feliciano Palacios. La pelea entre ambas partes llegó a tal extremo que tuvo que intervenir la autoridad, y como Simón se había escapado de la casa de Carlos, y se escondía donde María Antonia,  Pablo Clemente  reclamaba para sí la tutoría del menor. La autoridad decidió que mientras se dirimía el juicio en los tribunales, el niño, de doce años, sería internado en la Escuela de Simón Rodríguez, donde fue llevado por un negro esclavo del furibundo Carlos, a las ocho de la noche,  a rastras y entre gritos y pataleos (y algunas groserías), para diversión de los curiosos agolpados en las aceras. Pero Bolívar no estuvo de acuerdo con la reclusión y se escapó durante varios días para preocupación de todos, sobre todo de Rodríguez que debía responder  por la seguridad del menor ante tamaña familia; devuelto por María Antonia, por intermedio del Obispo,  después de convencerlo,  pasa diez semanas en el  internado, hasta el 14 de octubre de 1795, fecha  en la que decide por su voluntad regresar al hogar de Carlos; suponemos que para Simón cualquier cosa era mejor que  el ambiente definitivamente irrespirable de la casa de Rodríguez. En  una  carta que le envía Bolívar en  1803, ya con 20 años,   improbando  las cuentas  de  su  tutela se manifiesta  la  animadversión  que siempre  sintió por este tío materno. Secamente  le  expresa: “…Si  a  mi  llegada a esta ciudad, Ud.  hubiese  rendido  las expresadas cuentas, yo habría tenido lugar a examinarlas y  a esta  fecha ya estaríamos fuera de ese cuidado”.

El Bolívar generoso

Esa  es  la única  carta de su nutrido epistolario que fue  redactada  en términos  tan  hostiles. Y sobre todo llama la  atención  por tratarse de un arreglo de cuentas pecuniarias, ya que Bolívar demostró  toda  su vida un desprendimiento absoluto  por  los bienes  materiales, como lo demuestra en carta  a  Santander, desde  Lima,  el 27 de noviembre de 1823:  “…Se  me  olvidaba decir  a  Ud. que estos señores (se refiere  al  Congreso  de Perú) me han señalado cincuenta mil pesos de sueldo, pero  yo he contestado que no los admito”. Y el 9 de enero de  1824, desde Pativilca: “…Renuncio desde luego a la pensión de 30.000 pesos anuales que la munificencia del Congreso ha tenido  la bondad de señalarme”.  Y, categórico ante los legisladores de Lima  que acordaron, el 12 de febrero de 1825,  otorgarle  un millón   de   pesos  por  sus  servicios:  “…sería   una inconsecuencia  monstruosa si ahora yo recibiese de manos  del Perú  lo  mismo  que  había rehusado  a  mi  Patria”. Y hay muchos otros ejemplos de la generosidad   de Bolívar;  cuando se entera, el 6 de noviembre de 1821,  de la situación económica de la viuda del prócer Camilo Torres,  le escribe  a Santander: “La viuda del más respetable  ciudadano de la antigua República de la Nueva Granada se halla reducida a  la  más espantosa miseria, mientras gozo  de  treinta  mil pesos de sueldo. Así he venido a ceder a la señora  Francisca Prieto  mil  pesos  anuales de los que  me  corresponden”;  y antes,  al  salir  de Caracas en  1812,  beneficiario  de  la herencia de su hermano Juan Vicente que vivía en  concubinato y  murió intestado condenando a sus hijos a  la  miseria,  le escribe a Josefa Tinoco: “Mi primer cuidado ha sido  disponer que los bienes de Juan Vicente le toquen a tus hijos: que  se te  de  una pensión de cincuenta pesos mensuales,  hasta  que estos  bienes den producto, y después el todo. Antonia  tiene orden de asistirte como a mí mismo y sé que lo hará mejor que yo. Cuenta con esto. Estoy de prisa y quizás no podré  verte: pues el honor y mi patria me llaman a su socorro”. Es célebre que los 30.000 pesos de sueldo anual que recibía como presidente de la República, los gastaba antes de concluir el año, la mayor parte en socorros a las viudas, en auxilios a los militares y en limosnas a los pobres vergonzantes, el ultimo soldado que ocurriese a él, recibía cuando menos un peso; hasta su quinta en las inmediaciones de Bogotá, que cualquiera otro hubiera conservado como un retiro en circunstancias posibles, la regaló a un amigo suyo. Espadas, caballos, pistolas, sillas de montar, hasta su ropa misma, todo lo daba; así, no sólo era respetado y querido, era idolatrado; pero quedaba en la indigencia, si la patria no le tendía una mano caritativa. Cuánta diferencia con, por ejemplo, Jorge Washington que le cobró  a su  nación  por sus  servicios una vez finalizada  la  guerra contra  Inglaterra;  o con Juan Crisóstomo Falcón  que  cobró ciento  cincuenta  mil pesos por sus “desvelos”  en  la  guerra Federal. Continuará.

 

0 Comments

Leave a Comment

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Don't have account. Register

Lost Password

Register